El Hongo de San Fabián: Guardian del río Coronda

Un gigante centenario se mantiene de pie, indiferente al mundo que lo rodea. Vigila al río con la paciencia de quienes conocen los secretos del tiempo, porque entre ambos existe un duelo antiguo, tan viejo que ya nadie recuerda cuándo empezó.
La mayoría de los que hoy disfrutan la paz del lugar —pescadores, viajeros, los que vienen a buscar un rato de silencio— ignoran su verdadero origen, como si el hongo, u honguito, hubiese estado ahí desde siempre, plantado en el borde del agua como un guardián sin nombre.
Los testigos de aquella época —los que vieron su lucha, los que escucharon al río rugir y al gigante resistir— ya no existen, pero sus relatos sobrevivieron de padre a hijo. Son piezas sueltas, mitades de historias que se encastran entre sí para armar la leyenda del Honguito. Una leyenda que nadie termina de contar completa, pero que todos sienten cuando pasan a su lado.
San Fabián, donde los caminos custodian la historia
Hace horas que recorro los caminos rurales de la zona de San Fabián. Hace pocos días llovió y los caminos están cuarteados, rotos, como una vieja cicatriz de la tierra. Cada golpe en la suspensión es un recordatorio de que estos lugares no se regalan fácil.
La Demente ruge con cada acelerada, feliz de desafiar al terreno y sus obstaculos. pero más de esyar en movimiento… porque la vida es eso: movimiento.
Voy aquí y allá buscando la historia perdida de un puerto que ya casi nadie recuerda: los restos del viejo Puerto Oroño. No encuentro nada, y el sol empieza a bajar despacio hacia el horizonte, marcando ese momento en el que uno debe decidir si volver… o tentar a la suerte.
Y vos ya sabés cómo soy.
Dije: “Un camino más, a ver dónde me lleva”.
Aceleré por una recta interminable que se abre hacia el río Coronda, en los pagos de San Fabián. Y al doblar, siguiendo caminos como siempre, lo vi.
Maravilloso. Mágico. Imponente.
Como si a un gigante se le hubiera caído aquello y lo hubiera olvidado ahí, plantado frente al río.
Ese día solo supe su nombre. Después llegó su historia. Y ahora te toca conocerla a vos.
La arrocera Chalbau & Olazo

Muchos otoños atrás —tantos que ya se desdibujan en la memoria— los hombres dieron vida a un coloso de ladrillos y hormigón. Eran hombres valientes, de esos que ya casi no se ven: llenos de coraje, de sueños grandes y de manos capaces de torcer el destino.
Con su esfuerzo moldearon aquel cuerpo cilíndrico y, sin saberlo, le transmitieron algo de sí mismos. Algo que, si me permitís la licencia, podríamos llamar alma.
Entre los años 1925 y 1930, una mañana cualquiera, el sol emergió desde las profundidades del río Coronda y lo encontró ahí: erguido, orgulloso, vigilante, en la costa que pertenece a San Fabián, departamento San Jerónimo, Santa Fe.
Así lo vio el amanecer: lleno de bravura, de la misma fuerza que tenían sus padres de carne y hueso.
Le dieron un nombre sencillo, casi afectuoso: El Hongo.
Había nacido para contener las bombas de agua que alimentaban la arrocera Chalbau & Olazo, la segunda gran arrocera de la zona después de la del señor Arosa, en Puerto Aragón.
Y desde aquel día cumplió su tarea sin quejarse, desafiando al viento, al río, al tiempo y al destino.
Tenía un objetivo en común con aquellos hombres laboriosos que lo crearon: nada ni nadie lo haría abandonar su misión.
Cuando el río Coronda sintió envidia

El tiempo siguió su cauce normal, su rutina silenciosa, hasta que una mañana ocurrió lo impensado: el río sintió envidia.
¿Por qué él —un gigante vivo, cambiante, indomable— debía estar a los pies de una construcción quieta?
¿Quién se creía ese montón de ladrillos para mirarlo desde arriba, como si fuera eterno?
El río guardó su rabia en silencio. Hasta le sonrió.
Y en esa sonrisa quedó sellado el destino del Honguito.
Él, ajeno a todo, seguía mirando al sol. Soñaba con elevarse hacia lo alto, como el mismo astro que lo calentaba cada mañana, aunque sabía que sus pies estaban atados para siempre a la tierra que lo vio nacer.
El día en que el río quiso borrarlo
Callado, como quien trama algo oscuro, el río comenzó a crecer.
Creció y creció sin descanso, decidido a cumplir su objetivo: borrarlo del mundo.
Avanzó hasta mojar aquellos pies firmes que jamás habían retrocedido.
Pero el Honguito no tembló.
Tenía el alma de sus padres. Y esa alma no conoce el miedo.
Los años borraron el recuerdo exacto de cuántas veces las olas golpearon su cuerpo sin lograr vencerlo.
Golpearon también a la arrocera… y a ella sí la quebraron.
No soportó la furia del río y pereció, tragada por el destino.
El Honguito, en cambio, seguía ahí: estoico, desafiante, plantado frente a aquel que buscaba destruirlo.
El día en que el Honguito tocó fondo
Esa mañana todo crujió.
Sintió su cuerpo temblar cuando el río le arrancó los motores, como quien arranca el corazón de un guerrero.
Las olas lo golpearon con una furia jamás conocida.
El final había llegado.
Se abandonó al silencio de las profundidades, envuelto en millones de burbujas que subían como pequeños espíritus.
Entonces la vio: la última burbuja.
Subió lenta, frágil, hasta que emergió del río. Y justo en ese instante, un rayo de sol la tocó, como el brazo fuerte de un amigo que vuelve para decir:
Cuando esa burbuja se deshizo en la superficie, algo despertó en él.
“No te rindas”.
Recordó quién era. Recordó de dónde venía.
Y, como el sol cada mañana, emergió.
No fue un final. Fue un nuevo comienzo.
El río Coronda nunca olvida

Desde aquel día de 1966, el río cambió su curso y avanzó unos veinte metros hacia la costa, como si buscara algo que aún le debe.
A veces se retira humillado, apenas un hilo manso. Otras vuelve con furia, queriendo cumplir su venganza.
Mientras tanto, el Honguito se mantiene ahí, desafiando su destino, igual que lo hicieron quienes lo crearon.
Hoy, los hijos de aquellos pioneros disfrutan tardes de pesca y momentos de paz junto a él, sin conocer del todo su pasado. Quizá imaginando historias.
El Honguito se reinventó para convertirse en un símbolo que inspira: venció a la adversidad y, contra todo pronóstico, se mantuvo de pie.
Como deberías hacer vos, en tiempos difíciles.
La historia del rescate
Fabián Gorgo, en un acto de valentía pura, rescató a un hombre que estaba a punto de ahogarse. Su relato es una advertencia: más allá de la belleza del lugar, el peligro siempre está.
Sin más preámbulos, su palabra:
“Un verano de hace varios años, conducidos por mi hermano, ‘el Amarillo’, ‘el Cabezón’ y otros pescadores de San Carlos, estábamos preparando carnada a espaldas del hongo. De repente, los gritos de dos niños desde la construcción nos helaron la sangre: ‘¡Mi papá se cayó al agua!’. Corrimos hacia la costa, pero ellos miraban hacia el interior del hongo. Me tiré al agua y alcancé la pared. Trepé por una escalera apoyada y, al asomarme, vi apenas los pelos de un hombre que se hundía dentro del hongo. Me arrojé y logré manotearlo en el fondo, enredado en su propia línea y caña. Lo subí a la superficie y lo mantuve a flote. Tenía un corte profundo en la sien derecha, producto del golpe contra un riel antiguo. Mis compañeros bajaron y entre todos pudimos sacarlo, tras desenredar anzuelos y tanzas clavadas en sus piernas. Lo llevaron a San Fabián y, por suerte, el corte era superficial. Al sumergirme para recuperar su equipo, toqué varios vástagos roscados, parte de alguna toma de agua o bomba. Todo salió bien, y la pesca rindió. Nunca supe más de él; eran de alguna localidad cordobesa que ya no recuerdo. Pero era una historia que no debía dejar escapar.”
El legado del Hongo de San Fabián
Hay lugares que enseñan sin hablar. Este es uno.
El Hongo de San Fabián, no es solo una estructura vieja. Es una lección:
Resistir cuando todo alrededor se cae.
Emerger cuando el mundo te hunde.
Recordar quién sos cuando el río te grita que no valés nada.
El Hongo sobrevivió.
Vos también podés.
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Historia, magia y enseñanzas unidas en una descripción maravillosa. ¡Una verdadera poesía de algo que para muchos es sólo ladrillos y frialdad! ¡Aplausos y gracias!
Muchas gracias por valorarlo
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