Boliche Pérez, un histórico almacén de campo sobre el Camino Real

Sobre el histórico Camino Real, entre Monje y Barrancas, sobrevive uno de los boliches de campo más antiguos de Santa Fe. Un lugar donde todavía se habla de Urquiza como si acabara de marcharse y donde cada tabla del piso parece guardar una historia.
El Camino Real que forjó la Invencible Santa Fe
El césped avanza sobre el viejo camino. Apenas un par de huellas le susurran al viajero que todavía conducen hacia algún lugar. El viento es quien más lo recorre; fue testigo de su nacimiento, de sus días de gloria y ahora de su lenta agonía.
Para cualquiera podría ser apenas un camino rural. Pero sería una injusticia olvidarlo. Esta huella fue la columna vertebral que ayudó a darle forma a la Invencible Santa Fe.
Sobre esta tierra avanzó el general Manuel Belgrano rumbo al Paraguay para enfrentar a los realistas y escribir una de las páginas más heroicas de nuestra historia. También pasó el Patriarca de la Federación, Estanislao López, llevando a sus lanceros contra los unitarios. Más tarde lo recorrería Justo José de Urquiza, presidente de la Confederación Argentina.
Y podríamos pasar horas nombrando hombres ilustres que dejaron marcadas sus huellas sobre este camino que, increíblemente, hoy ni siquiera está señalizado.
Basta con detenerse un instante sobre él para sentir algo difícil de explicar. Una energía extraña parece brotar de la tierra, como si todavía conservara el eco de quienes la recorrieron siglos atrás. O quizás sean los miles de kilómetros en moto los que ya empiezan a jugarme una mala pasada. Mejor comprobalo vos mismo… y después me contás.
Siguiendo la leyenda del Boliche Pérez

Era un día fresco cuando decidí seguir la huella de aquellos próceres entre los caminos, rumbo a un destino que llevaba demasiado tiempo esperando.
Venciendo las mareas del tiempo y contra toda lógica, a la vera del tramo sobreviviente del Camino Real, entre Monje y Barrancas, Santa Fe, un viejo almacén de campo continúa de pie con las puertas abiertas para calmar la sed de los viajeros.
Su nombre viaja de boca en boca como un rumor. Como esas historias que nadie sabe muy bien dónde comenzaron, pero que todos conocen.
Así llegó también hasta mí.
Durante años fui postergando el viaje. Hasta que una mañana salí sin rumbo fijo y el destino, caprichoso como suele ser, terminó estacionando mi moto frente a su puerta.

Apagué el motor y desmonté, del mismo modo en que lo habrán hecho cientos de viajeros antes que yo.
Confieso que imaginaba encontrar una antigua casona de ladrillos. En cambio, un sencillo galpón de chapa esperaba en silencio.
A pocos metros, un caballo ensillado pastaba atado a un árbol mientras un viejo cusco custodiaba la escena con absoluta tranquilidad.
El viento jugueteaba entre las copas de los árboles. Parecía una invitación.
Caminé hasta aquella puerta presidida por un cartel gastado y, al cruzarla, tuve la extraña sensación de haber dejado atrás el presente.
Como si acabara de entrar en otro tiempo.
Un boliche donde el tiempo todavía se sienta a la mesa

Don Héctor Pérez atendía a los viajeros como si fueran parte de la familia. En un rincón, un viejo gaucho escuchaba las historias de otros paisanos mientras cebaba la charla con la misma calma con la que el tiempo parecía transcurrir allí adentro.
El galpón está completamente revestido en madera: paredes, piso, techo, mesas y mostrador. Maderas que fueron testigo de tantas vidas que no alcanzaría todo el papel del mundo para escribirlas. Sobre ellas descansan objetos de las más diversas épocas; lejos de parecer un desorden, conviven en una armonía perfecta, como si siempre hubieran pertenecido al mismo lugar.
Di unos pasos y el piso respondió con ese crujido inconfundible que solo tienen los edificios centenarios.
La sed del viaje pedía una cerveza y, por supuesto, elegí el mostrador antes que cualquier mesa.
Apoyé la mano sobre aquella madera gastada por generaciones de viajeros.
No sabría explicar por qué, pero por un instante sentí que guardaba memoria. Como si miles de voces mudas quisieran contarme sus historias al mismo tiempo. No decían una sola palabra… y, sin embargo, parecía que lo contaban todo.
Recorrí cada rincón con la mirada. A esa altura ya no estaba dentro de un boliche.
Estaba dentro de un pedazo de historia.
Donde el tiempo dejó de correr

El lugar parece escapado de una vieja novela.
Un gaucho ocupa una mesa y levanta la mano para despedir a quienes se marchan. Al poco rato llegan otros paisanos a ocupar su lugar. Más allá, un hombre bebe en silencio. En otra mesa conversa una pareja. Una familia completa ocupa la siguiente.
Y, como en toda buena historia, también está el forastero.
Yo.
Solo faltaba una guitarra apuñalando el silencio.
Había pensado marcharme antes de que cayera la tarde, pero escapar de la magia del lugar resultó imposible.
Allí el tiempo avanza tan despacio que uno siente que podría atraparlo con las manos y guardarlo para siempre.
Cuando las últimas luces comenzaron a apagarse, terminé mi cerveza —a un precio tan accesible que pensé haber escuchado mal— y me puse de pie.
Pero irme sin hablar con la gente del lugar habría sido un pecado.
Los hombres que aún recuerdan otro mundo

Así fue como terminé conversando con un viejo gaucho nacido en 1934.
Escucharlo era viajar sin moverme de la silla.
Hablaba de hechos ocurridos hacía más de ochenta años con la naturalidad de quien recuerda algo sucedido la semana pasada.
Me contó que su padre hacía arrime en un carro cuyas ruedas eran casi tan altas como una puerta y que necesitaba once caballos para tirar de él.
Después me habló de la estancia de los Alsugaray. De un viejo puente de madera que terminaron incendiando porque alguien juraba que sus remaches eran de oro.
Y también de los boliches de campo que el olvido fue tragándose uno tras otro, sin hacer diferencias.
Otro de los parroquianos recordó a un tal Solís, de Barrancas. Un héroe anónimo que ayudó a Urquiza a cruzar el río con toda su caballería.
Lo contaban con tanta naturalidad que uno tenía la sensación de que Urquiza podía entrar por la puerta en cualquier momento.
Las historias en boliche Pérez, caminaban sobre aquellos viejos tablones de madera. Se sentaban a la mesa. Pedían otra copa.
Y seguían vivas gracias a quienes todavía las recordaban.
Cuando salí del boliche ya era de noche.
El regreso sería largo. Pero me fui con una certeza.
Creo haber encontrado uno de mis lugares en este caótico mundo.
Un rincón donde las preocupaciones siguen siendo juntar leña para el invierno y donde el mayor peligro todavía puede ser un enjambre de abejas.
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