En busca de la Escuela rural que el camino se tragó, en Irigoyen, Santa Fe

El motor ruge, y escucho el llamado del camino. No es un cliché, uno lo siente en el cuerpo, como el frío, el hambre o el deseo. Antes de que me dé cuenta, la Demente y yo recorremos huellas perdidas, apenas insinuadas en el césped, de caminos que sin notarlo se van convirtiendo en espectros que se ocultan bajo la maleza. Supieron soportar el paso de carros y bestias, maquinarias e ingenios de viejos hombres, y hoy solo los recorre la soledad, algún lugareño o un forastero perdido como yo. Pero perderme es lo que más me gusta. ¿Cuándo fue la última vez que te perdiste? Genera un cóctel de emociones, desde ansiedad y temor hasta ese desafío a uno mismo por encontrar el rumbo. Y es cuando nos perdemos que quizás nazca alguna historia que sin dudar contaremos a quienes nos rodean.
Salí no lejos de casa, con la muñeca golpeada, igual que la moto, cuyo radiador de aceite se sostiene más por voluntad propia que por los artilugios mecánicos. Pero la Demente y yo somos así: mientras podamos movernos, a nuestro ritmo, marcharemos a acudir a ese llamado, el del camino. ¿Qué ser se oculta detrás de él? Algún hada rural, un dios esquivo, o un par de neuronas en cortocircuito. Hay preguntas que mejor no saber la respuesta.
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Voy en busca de una huella del pasado: la ex Escuela Sarmiento, que quedó dentro del antiguo campo Rinaldi, en territorios rurales de Irigoyen, Santa Fe. Pero una y otra vez erré el camino. Una vez, hace mucho, cuando el día se apagaba, la encontré por casualidad, pero más que un vistazo, sin detenerme, no pude darle. Después me daría cuenta de que ese camino que buscaba hoy casi no existe más. Cosas del tiempo, vio.

Yendo aquí y allá, las sorpresas del camino. Una familia en medio de la nada: un hombre con una gomera, una mujer y niños empujando un carro repleto de cosas, con esfuerzo. Saludé, pero cruzaron ante mí como si yo fuera un fantasma.
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Luego un canal profundo y un puente que resiste, y más allá el camino se tapa, y empiezo, como el ratón, a recorrer ese laberinto sin fin. Y en mi andar, a lo lejos, la veo: una tapera llamativa, de amarillas paredes solitarias, a la que debo acudir. Solo sus muros se elevan al cielo, como si hubieran crecido en ese potrero vaya a saber por qué hechizo, simple y bella. Y al recorrerla, en su interior descubro, en el viejo garaje, los restos esqueléticos de un viejo carro de madera que poco a poco se acerca al piso. Me siento como un niño en una juguetería.

Pero el sol se marcha y de la escuela ni un solo detalle. Vuelvo sobre mis pasos; junto al camino, una de las pocas casas habitadas me podría orientar. Evito pedir orientación por dos cosas. Primero, me pierdo de encontrar cosas y se reduce la aventura del buscar. Segundo, los perros no se llevan bien con las motos. En este caso el perro fue amigable, aunque sus ojos me seguían en cada paso, y las personas —cuyos nombres no pregunté— mucho más: me conocían de los videos. Muy loco ese reconocimiento, creo que jamás me voy a acostumbrar a él.
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Sin problema me orientan: un cuadrado para allá, otro más allá, y uno para acá. Si estaba cerca, después de todo. Eso sí, buscá la palmera alta, se ve de lejos, me dijeron, ahí está. Nada de GPS ni celulares: la maravilla de sentirse vivo. No quise hacerlos perder tiempo, saludé rápido y partí en busca de la escuela perdida en medio del campo.

Un viejo camino perdido, de esos que me gustan, me lleva hacia ella. Y la magia estalla cuando, detrás de unos arbustos, veo una arboleda y la palmera alta: un faro para mí. Y sí, llegar a la Escuela Rinaldi fue grandioso. Muros imponentes, ventanas que parecían hechas para gigantes, restos de su mosaico, un mástil rebelde al destino, y esa tranquera de alambre entre lápices gigantes. Si uno guardaba silencio, las aves volaban cerca y lo llenaban todo con su canto. Sin dudas era como recorrer un cuadro de Dalí, un no-mundo, una copia surrealista de un pasado cercano y lejano a la vez.

Las luces del día se apagan, el cielo comienza a teñirse de rojo, y yo regreso. Sobre la historia de esta escuela tendrán que esperar a que reúna unos datos. Esto nunca se trató del destino. Se trató, todo el tiempo, del viaje.
Me olvidaba: en mi regreso, con la noche sobre mí, después de horas de andar, esa misma familia caminaba junto a la ruta, rumbo al pueblo, empujando el carrito. Y una vez más, fui un espectro para ellos.
por Rafa Theller

Sobre la historia documentada de la Escuela Rinaldi y el antiguo campo Rinaldi, próximamente en la ficha del lugar.
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