¿Sabías que las ochavas de pueblos esconden una razón que nadie te contó?

La vi ahí en la esquina, olvidada y en silencio, oculta detrás de un semáforo que dicen le robó el lugar al farol que la acompañaba. Ya nadie atraviesa su puerta: hoy solo la memoria habita en ella. Creo que me vio, y tembló pensando que yo la iba a delatar ante el progreso, para que el destino de otras como ella también la alcance. Pero su secreto está seguro conmigo.
Porque esa esquina, como tantas otras, no nació por casualidad.
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Las ochavas nacieron de leyes antiguas que buscaban evitar accidentes y casos de inseguridad. El 14 de diciembre de 1821 Bernardino Rivadavia decretó la obligatoriedad de que todos los edificios de Buenos Aires ubicados en las esquinas cumplieran con esta normativa, una costumbre que con los años se replicó en ciudades y pueblos de todo el país. Se buscaba ampliar la visibilidad del tráfico en calles angostas de carruajes y caballos y, aunque parezca sorprendente, que los peatones no chocaran entre sí. Pero se escondía otra razón de ser: la lucha contra la inseguridad, ya que los maleantes aprovechaban las esquinas rectas para ocultarse y atacar al desprevenido transeúnte, algo que era moneda corriente.
Con el pasar del tiempo esta mini fachada supo ganarse su lugar y se convirtió en el ingreso principal de viviendas y comercios. En las viviendas se le colocaban las mejores decoraciones para dar una señal de estatus indiscutible, y en los comercios contenía carteles y bancos, donde se podía ver al comerciante sentado esperando a un cliente mientras quizás algunos niños desprevenidos jugaban a las bolitas en sus veredas de ladrillos. Eran lugares mágicos: puntos de encuentro, de charlas, de noticias. Una especie de mini plaza que tenía cada construcción. Y sin quererlo se convirtieron en la identidad arquitectónica que hoy más reluce en los viejos pueblos.
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Las hay rectas y redondas, más o menos amplias, de ladrillos desnudos o revocadas, con o sin decoración. Todas hijas de la misma ley, todas envueltas en un encanto casi mágico. Algunas resisten el peso de las décadas o se ocultan tras la maleza; otras mantienen vanidosa su gloria de antaño. Pero todas forman parte de una historia que poco a poco se va extinguiendo.
Nuevas construcciones ocupan su lugar sin ochavas, o con ochavas cada vez más pequeñas. Y así, de a poco y sin que nos demos cuenta, nos van enderezando las esquinas.
Me marcho y la dejo atrás, en su sitio centenario, guardando sus secretos un tiempo más.
¿Hay alguna ochava en tu pueblo que también resista al olvido?
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